noviembre 12, 2007

Capitalidad: Ni el principio, ni el fín


Pese a que me ratifico en la apreciación de que el tema de la capitalidad fue una consigna sacada de la galera de un mago, para poner “cuña” a la acción del manifiesto rodillo masista en la Asamblea Constituyente, jamás dejaré de reconocer que quienes la han asumido, están en su derecho de hacerlo sobre el más puro y respetuoso principio de libertad de expresión. El problema, es que la consigna (pues no me señala nada más que eso, al margen del lirismo de la justificación Chuquisaqueña), se ha convertido en cuestión de Estado para los que antes postulaban el status quo y ahora aparecen como grandes transformadores a partir de estas consignas de forma, pues de fondo no lo son.

Cuando se defendía el tema de los Dos Tercios, como principio democrático, se lo hacía desde el punto de vista de la representatividad de la mayoría y la inclusión de la minoría (el tercio restante). Sin embargo cabe preguntarse de donde proviene la representatividad, sino es del voto del soberano. Difícil ecuación, pues cuantitativamente la concentración del voto es fácilmente identificable y por mucho que sumen (hipotéticamente) los departamentos que se inventaron el Frankeisntein de la capitalidad, de seguro que no llegan a los dos tercios tampoco. Convengamos que no se trata de la suma de departamentos o de kilómetros cuadrados de extensión territorial. El tema es más profundo que lo cuantitativo y el razonamiento matemático, tiene que ver con el factor humano, cultural y político.

La cuña ha funcionado políticamente, se lo reconozca o no y la consigna se ha secuestrado la Asamblea con el riesgo de matarla definitivamente. Así, un detalle (insisto que no es más que eso) que en otro contexto podría haber sido trivial ahora se convierte en riesgo de enfrentamiento tribal (permitiéndome la licencia de la metáfora).

Con cualquier defecto congénito, la Comisión Suprapartidaria pudo llegar a mínimos consensos para garantizar el establecimiento de la base para lograr el objetivo de esa nueva Constitución que nos hace falta, así no sea la soñada, para edificar un país posible. Nos desgarramos las vestiduras al ver operadores políticos (ajenos) como García Linera y acaso nos hemos olvidado de Oscar Eid y/o Sánchez Berzain (para citar a los más hábiles), que sí tomaban decisiones de país y de Estado, sin tomar en cuenta a cualquiera de los tercios de la triada, entre “gallos y medianoche”, sin ningún tipo de representatividad institucional incluso.

Personalmente, no creo que la capitalidad sea el principio o el fin del cónclave constitucional, pero el discurso político envolvente ha funcionado como una espiral de silencio, que incluso puede llevar a enfrentamientos fratricidas, sin más sustancia que la espectacularidad mediática. Los partidarios de la radicalidad se solazan, pues nunca les interesó el escenario del diálogo. Los partidarios de la democracia nos estremecemos al imaginar nuevas escenas de dolor y muerte. Dios no lo permita.

3 comentarios:

santiago dijo...

Hay que resaltar que hubo un grave error al declarar la Asamblea originaria y plenipotenciaria, por los terminos legales mas que nada ya que con esos dos calificativos la puerta se abre de par en par.
De acuerdo, no es un tema de fondo, pero es la madre de las batallas, lamentablemente.

Sobre los famosos "operadores políticos" creo que son plenamente necesarios y creo mas bien que deberian haber operado desde un principio y no esperar a que las papas quemen. Otro error.

escéptico dijo...

En cualquier parte del planeta existen operadores políticos. Hay que romper esa virginal posición de que todo se hace en consulta a las bases. Ahora vemos la necesidad del espacio partidario que se extinguió luego de las elecciones del 2005.

Anónimo dijo...

La Asamblea fue el escenario de la promesa populista a sectores embelezados con los liderazgos emergentes. Todo se prometió de parte de la supuesta mayoría: Estados comunitarios, cambios en los símbolos, etc. Era el dibujo libre, para inventarse el país. Esa irresponsable actitud dió pie a otra acción populista como lo es la capitalidad.
Gian Carlo