abril 03, 2007

Migraciones e invasiones

El final de siglo nos propuso pensar que las diferencias podían ser superables. La democracia occidental se pensaba en una armónica expansión, bajo la complicidad del consumo y el mercado. La explosión del comercio internacional se invento la idea de lo global y esta se camufló en la sutileza de lo tecnológico. Los apocalípticos nos hablaban del “control total” y los integrados fueron más convincentes con su idea de la superación de lo territorial, lo temporal y lo espacial. Esas barreras ya no lo serían más. Todo parecía marchar con calma. La solidaridad de parte de aquellos que habían resuelto el problema su problema de hambre, podía ser posible. La propuesta amable de un mundo para todos trataba de esbozarse ante múltiples escenarios menores de enfrentamiento e intolerancia. Había que mirar más allá sin prejuicios y la reciprocidad resolvería las demás diferencias. La metáfora del muro jamás volvería a levantarse para dividir al mundo en dos.

No obstante, la tolerancia propuesta comenzaba a desportillarse. Las dos torres que se cayeron pusieron de cabeza al planeta. La ironía globalizaba las amenazas del terror y la desconfianza entre semejantes se hizo institucional. La brecha económica siempre había estado separando a los que tenemos la misma imagen y semejanza, pero el añadido de los tiempos incorporó otros elementos adicionales. Una brecha invisible y sutil comenzaba a diferenciar a los unos de otros. Esta vez la era digital proponía una nueva separación más cruel e injusta. El Norte y el Sur se desdoblaban, mientras la acumulación de la riqueza dejaba la industria y la tierra para descubrir una nueva dimensión: la del conocimiento. Se volvió a mirar al “otro” como amenaza y la convivencia comenzó a depender del respeto a los espacios vitales y los equilibrios mínimos. Una vez más, la migración latente y manifiesta comenzó a advertirse bajo otras formas de valoración.

Dados los fenómenos migratorios, muy pocos años iban a pasar para levantar nuevos muros, reales y virtuales. Los reales los quiere construir el vaquero de Texas, quien no ha superado (o comprendido) aquello de lo sutil. Los muros virtuales se levantan con mecanismos más delicados. La idea de lo global promueve que los recursos tangibles y materiales de transformación, deben circular sin restricciones. No obstante, las personas deben servir unas a otras (ojo, sin incomodar), pues las que se aprovechen de los espacios cedidos deben ser desechadas, de otro modo la migración se vuelve invasión. En otra perspectiva: la mano de obra barata, la productividad (con explotación agregada), las divisiones internacionales del trabajo y la categorización de personas, conforman el nuevo panorama global que olvida lo recíproco y lo solidario. Para ello se estimulan y promueven el funcionamiento de flujos migratorios solapados, en tanto no lleguen a invadir los espacios no permitidos.

Los artificios se reinventan, los recursos naturales de algunos pueden entrar sin restricción, pero las mercancías de los mismos no pueden amenazar las de los primeros. De igual manera, unos pueden moverse con toda posibilidad por el globo, mientras que los otros serán controlados con visas, exigencias documentales y controles culturales. La solidaridad pregonada hace poco, hoy es un romántico recuerdo de los errores de aquellos seres soñadores que nunca vieron amenazados sus espacios laborales, culturales, sociales y vitales. Migración e invasión vuelven a repensarse y combatirse. La historia se repite cíclicamente. Todo anda bien mientras no se rompa el equilibrio y se invadan los espacios vitales. El desprecio al que migra comienza cuando se resignan los privilegios acumulados. Ahí la solidaridad es sólo un postulado lírico, bueno para los discursos pero impracticable cuando se deben compartir aquello que costó lograrlo.
Encontrar culpables es negar la naturaleza humana, que responde a su circunstancia histórica estableciendo sus mecanismos de defensa ante el riesgo inminente. La historia del mundo es una constante de migraciones e invasiones. Lo que viven los bolivianos que buscan irse a Europa hoy es quizás una muestra más civilizada, pero no menos cruel de lo que vivieron el pasado siglo (sin ir muy lejos en la historia), los judíos alemanes, los polacos, los italianos en EEUU o los españoles exiliados. Barcos completos de rechazados que iban de puerto en puerto buscando la ayuda y el asilo. Ningún candado gigante o siete mares en frente, ninguna actitud xenófoba pudo frenar el ideal de un futuro mejor. La historia es la misma, solo cambian los sujetos. Solamente queda exhortar hacia delante un principio más humano y recordar que alguna vez se fue aquello que hoy se combate.

3 comentarios:

Utópico dijo...

Me gusto mucho tu artículo. Le das en el clavo en muchas cosas, el sistema es un sistema de contradicciones. En lo único en que no estoy de acuerdo es que los actores sean los mismos. Porque la diferencia creo yo, es que antes los inmigrantes eran los que pertenecían a la sociedad colonizadora, mientras que ahora los inmigrantes son los que fueron colonizados. Entonces el discurso cambia aun más, y una invasión es vista como la potencial destrucción de la civilización occidental tan grandiosa como ella sola.

Utópico dijo...

Me gusto mucho tu artículo. Le das en el clavo en muchas cosas, el sistema es un sistema de contradicciones. En lo único en que no estoy de acuerdo es que los actores sean los mismos. Porque la diferencia creo yo, es que antes los inmigrantes eran los que pertenecían a la sociedad colonizadora, mientras que ahora los inmigrantes son los que fueron colonizados. Entonces el discurso cambia aun más, y una invasión es vista como la potencial destrucción de la civilización occidental tan grandiosa como ella sola.

Libre Peansador dijo...

Gracias Utópico, para un blogero amateur es muy importante recibir este tipo de comentarios que muestran mucho respeto y pertninencia. Apunto tus observaciones que enriquecen mi perspectiva.
Un abrazo,

Librepensador.